Noelia le explicó a Martina que el adiós llegó de manera repentina. Un buen día, él se sentó con ella y le dijo:
EL- Noe, te tengo que confesar que no he podido sacarme de la cabeza a otra mujer. Es una chica que conocí hace tiempo, me hubiese gustado cambiarle de ojos, para poder verme mirándola, pero ella, por ética docente, me dijo que no. No pude ir más a esa facultad.
A Martina, la sicóloga, se le hizo un nudo en el estómago, esa frase se le hizo inconfundible. Y, aunque bien podría haber sido una casualidad, ella había recibido un elogio similar cuándo daba clases en la facultad de sicología.
Él era un alumno que destacaba entre los demás, quizás por ser más grande que la mayor parte de sus compañeros encaraba la facultad más seriamente. Siempre se quedaba en el salón de clase fuera de horario, conversando con ella, comentaban cuestiones académicas, y de la vida. Se llamaba Darío. Su padre le había puesto el mismo nombre que Horacio Quiroga le había puesto a su único hijo varón.
Luego de dialogar un poco más con Noelia, Martina comprendió que sí, se trataba del mismo Darío.
Despidió a Noelia para poder pensar.
Martina ya no tenía contacto alguno con Darío. Él había dejado la facultad, y ella la docencia, para dedicarse por completo a la terapia.
Toda la semana Darío ocupó su mente, era cierto que solamente lo había rechazado por ser su profesora, porque en realidad el hombre le gustaba, y más le gustaba luego de todo lo que había hablado con Noelia.
La ética profesional, por otro lado, volvía a ser un problema.
Pero Martina tomó una decisión y la llevaría a cabo.
Crítica (sin spoilers) de Oppenheimer
Hace 2 años
