El Topo Graña nació y vivió la mayor parte de su vida en Grecia, en Grecia y Japón, corazón de la barriada del Cerro.
Su infancia estuvo repleta de castigos físicos propinados algunas veces por su padre alcohólico, y otras, por el amante de su promiscua madre.
El hecho de haber sido un niño tan castigado lo forzó a mentir constantemente para ocultar las pequeñas travesuras propias de su edad. La urgencia fue siempre el principal motor de su creatividad.
Su creciente poder de inventiva alcanzó niveles insospechados al llegar la adolescencia, tiempo en el cual las travesuras también alcanzaban niveles mas críticos, por decirlo de alguna manera.
Fue también en la adolescencia cuando el topo descubrió las drogas, y las descubrió de la peor manera.
Luego de probar las más baratas sustancias alucinógenas el Topo se metía en viajes y sostenía conversaciones con extrañas criaturas que poblaban su mente.
Luego, esos viajes, pasaban a formar parte de su acervo de mentiras.
Las mentiras de antología del Topo recorrían las calles del Cerro muy velozmente, por lo disparatadas sobre todo.
Y los oportunistas están en todos lados, así fue que al Cacho Romero, afilador de cuchillos de profesión se le ocurrió la idea de pasar al papel un compendio de las mejores invenciones del Topo.
Gracias al Cacho, fue que todos hoy en día conocemos y hemos leído algunas de las fantásticas “Fabulas del Topo”.
El Cacho se llenó de guita vendiendo las fábulas, y “Los cuchillos desafilados del Cerro” es el titulo de la biografía no autorizada del autor oportunista, que pronto estará en las calles de Montevideo, pero primero en librerías.
Crítica (sin spoilers) de Oppenheimer
Hace 2 años
