La celebración era totalmente descontrol-anarco-caótica, el vino brotaba de las botellas cómo lava, pero fresco. La alegría también.
La mesa y la música eran los centros de la fiesta. Los festejantes eran satélites que orbitaban en un ocho imaginario alrededor de sus soles obscurecidos.
Sin embargo, la alegría no era total, porque nunca hay todos felices. Porque la cantidad de lágrimas del mundo es constante. Y por cada risa, hay un nudo en la garganta.
Y por culpa del salvaje canibalismo de la perdiz feliz.
Crítica (sin spoilers) de Oppenheimer
Hace 2 años
