El estafador
Nombre: Martín
Edad: 37 años
Profesión: Mosquetero
La mosqueta es un juego en el cual un jugador intenta adivinar, apuesta mediante, debajo de cual de los tres vasitos invertidos está la bolita. La bolita es movida por el mosquetero que la intenta dejar debajo de un vaso, sin que el jugador pueda notar cuál es, incluso puede dejar la bolita en sus manos, y estafar luego al jugador, siendo ésta la práctica más común en la feria de Tristán Narvaja.
Ese día, Martín se levantó temprano, juntó su gente, y cayeron a la feria. Casi me olvido de contarles: el mosquetero nunca hace el juego solo. Siempre utiliza otros jugadores falsos, que simulan apostar y ganar, para poder luego conseguir clientes verdaderos, a los cuáles estafan. Además, los jugadores falsos, pueden avisar si viene la policía, e incluso, pueden participar en una reyerta, en caso que se arme.
La mañana vino normal, hasta casi llegado el mediodía, sin sobresaltos, policía no pasó, el único que pasó fue Roque, saludó y siguió.
En un momento cayó uno. Tenía bastante cara de gil, eso le daba pie a Martín, como para ir secándolo de a poco. En la primera nomás, le hizo perder cien pesos. Para la segunda el hombre intentó recuperar, así que apostó doscientos. También perdió. Así que empezó a hacer apuestas de doscientos, todas corriditas. Perdió todas.
La expresión del rostro del perdedor se va desgastando, eso es normal, Martín está acostumbrado a verlo. Comienza en la ilusión, la expectativa propia de quién apuesta y espera ganar. Y termina en la decepción total, en la desesperación, en no saber cómo explicar lo que pasó a la mujer. En fin.
Así que Martín hizo la clásica. Cuándo lo tenía totalmente seco, le dio una. Le dejó ganar una jugada. Eso, Martín lo sabe, le da un poco de aire al jugador, que piensa que puede empezar a recuperarse, pero nada más lejos de eso. Es una técnica común, utilizada por los profesionales del rubro. Martín era uno.
La cara del jugador, hasta aquí no sabemos su nombre, tomó un poco de energía nueva con la victoria, aunque, en realidad, lo que había ganado no era una suma significativa con respecto a lo perdido. En éstas ocasiones, cuando el jugador se va secando, suele tomar una decisión drástica, normalmente, el jugador en el final, hace una jugada grande, esperando recuperarse, o sino, raras veces, para de jugar, teniendo aún algún peso en el bolsillo.
En éste caso, la jugada del final fue grande, cuatro mil pesos en una bola –si marcho me quedo sin el alquiler- dijo el jugador, que ya tenía la cara petrificada por la tensión.
Para la última bola, Martín hizo el show bastante interesante, pasó la bola por todos los vasos, y al final, como casi todas las otras veces, la sacó apretada entre uno de los dedos de su mano derecha y la palma de la misma mano. Las bolas de mosqueta son blandas, justamente por eso se logran camuflar más fácilmente.
Martín terminó el mareo de los vasos, retiró la bola, y presentó las tres opciones al jugador cuya cara, desfigurada, transmitía unos nervios que superaban cualquier límite preestablecido.
-¿Puedo darlo vuelta yo?
-Cómo no –Martín estaba seguro de ganar-
El jugador, que estaba en pose de resignación, sacó las manos de los bolsillos y con un movimiento rápido dio vuelta uno de los vasos.
La bolilla estaba ahí.
El jugador
Nombre: Pedro
Edad: 34 años
Profesión anterior: Mosquetero
Pedro también pasó a buscar a su gente antes de ir a la feria. La trifulca estaba asegurada.
Crítica (sin spoilers) de Oppenheimer
Hace 2 años
