Franco y Guillermo, eran amigos de toda la vida, pero amigos, amigos. De esos que parecen siameses. Franco –y también Guillermo- eran tipos de guita, de mucha guita. Los viejos de Franco eran dueños de una cadena de supermercados, y los de Guillermo importaban no se qué cosa y la vendían acá al mayoreo.
Los tipos vivían en un barrio de la high, y ahí se habían conocido, desde chicos. También fueron al mismo colegio, debutaron juntos, y fueron mil veces compañeros de correrías.
Un buen día, Guillermo se puso de novio, y en pocos meses se casó con María del Luján, una pendeja que era muy buena gente, y además, estaba recontra fuerte. Pero Guillermo, que era flor de bandido, desde un primer momento la tuvo para el chijete y le puso las guampas todas las veces que pudo.
A todo esto, se enteró Franco del asunto y le mandó un mail a María, diciendo:
Mery, me enteré de lo que está haciendo Franco, y discutí fuerte con él, terminamos a las piñas y hasta me comí un par de garrones que me dio el pija de tu cuñado, escuchame, tenía ganas de decirte de ir a tomar algo el sábado, avisame si te dan ganas, un beso.
El sábado se juntaron, y terminaron encamados. Pero Franco no había llevado forros, así que, en determinado momento, paró la acción para pedirlos por teléfono. María –que estaba caliente como una pava- le dijo que no importaba, que siguieran, que ella estaba tomando las pastillas.
A los tres meses, María se separó de Guillermo. La carta del poder judicial llegó a la casa de Franco. Pedía un ADN, y el pago de la pensión para su futuro hijo.
Crítica (sin spoilers) de Oppenheimer
Hace 2 años
