lunes, 6 de abril de 2009

Partido

Estamos sentados mirando el mar, ella mira el mar, yo la miro a ella. Quiero que pasen cosas. Cosas chanchas. La beso y la intento tocar. Se hace la difícil, me corre las manos. Igual intento tocarla con el antebrazo, a ver si afloja.

Soy el delantero estrella de la noche, me enfrento al último defensa que no dejé mareado en la cancha, la piso, me agarra de la camiseta, la muevo cómo nunca, le pego un codazo cortito, el árbitro no me ve. Lo dejo parado.

La nena no afloja. Tiene carácter. Me saca también el antebrazo. Me revolea los ojos a modo reprobatorio. Me disgusta. Pongo el freno.

El arquero me mira desafiante, ya dejé a todo el cuadro atrás, tengo un compañero para darle el gol pero elijo hacerlo yo, la tiro suave, a colocar. El guardameta casi ni se inmuta. Abraza la pelota. Saca rápido.

Me pide que pare, dice que estoy siempre pensando en eso. Que basta. Que si no me doy cuenta que no. ¿Que no qué?; Que no. Dice que prefiere que volvamos, que no se siente bien.

La pelota vuela por la mitad de la cancha sin que la podamos frenar, ahora soy medio campista y la veo pasar. Los tipos tocan y tocan, no hay marca y no podemos cortar los pases.

Le pregunto qué le pasa, que si era algo que podíamos arreglar no teníamos porque sufrirlo así. Me dice que no soy yo, que es ella. Dice que apareció otro pibe, que piensa demasiado en él. Que todavía no pasó nada, pero que lo piensa mucho y que le parece que no corresponde. Dice que quiere vivirlo, dice que no dice más.

Estoy parado al frente del arco, las manos transpiran debajo de los guantes, el delantero del otro cuadro corre a toda velocidad hacia mí. Los defensas están tomando mate y jugando a las cartas en el bar de la esquina. El delantero estrella, suelta un cañonazo a una punta. Termino tirado adentro del arco. La pelota rompe la red.

Otro partido. Cero a cero y pelota al medio. La moneda vuelve a girar.

sábado, 28 de marzo de 2009

Descontrol

Estaba tirado en la cama en estado alfa cuándo ocurrió lo inesperado: el dispositivo que tenía en mi pecho comenzó a vibrar. Sospeché que sería un teléfono celular. De manera que lo tomé y presioné el primer botón que pude, con la motricidad que pude.

- Hola
- Hola, poné el 73 –dijo una voz desconocida-

Para ese momento, pude notar con una claridad casi exacta que el dispositivo a través del cuál la voz me hablaba era el control remoto de la tele.

Sin reparar en nada, cambié el canal hacia el 73 y retomé la conversación.

- Equivocado.
- Ah… disculpe.
- No es nada.

No tengo cable, claramente era equivocado.

lunes, 16 de marzo de 2009

Bipolar

Otra vez recorro esas calles, solo, borracho. Vuelvo a casa. La noche es fría, y el viento me pega en los ojos haciendo que el líquido que los recubre se corra hacia atrás, a los costados de mi cara. Lo seco con mis muñecas y dudo: ¿será el viento, o la tristeza?


***


Vuelvo a casa, otra vez solo, aunque acompañado: el bondi está hasta las tetas, y el libro se deja leer. Abstraído de la situación, noto algo muy bueno en mí: uso un calendario cómo marcador. Quedo contento, tengo un buen término de viaje.

domingo, 1 de marzo de 2009

El escritor afortunado

INICIO

El escritor afortunado fue galardonado con los más altos honores que se otorgan en la literatura a los creadores de historias escritas.

En su hogar, el escritor afortunado tenía un bolillero, del cuál extraía, en orden, todos los caracteres que contiene un relato. Las letras, los signos de puntuación, el comienzo del relato, y el fin del mismo surgían del bolillero sin detenerse.

La dinámica de la escritura era la siguiente: el escritor afortunado se sentaba al costado del bolillero y extraía bolillas, hasta obtener la palabra “INICIO”, luego de esto, debía comenzar a copiar carácter por carácter, en un papel, todos los caracteres que obtenía, hasta llegar a la palabra “FIN”. En ese punto podía volver a repetir la operación para obtener un nuevo relato.

Según cuenta la leyenda, todos podemos construir un bolillero de este tipo, pero aparentemente, ese equipo había sido concedido al escritor afortunado con la condición de que él, no podía revelar el secreto a nadie, y en caso de que lo hiciera, a través de cualquier medio, el bolillero no funcionaría más.

El escritor afortunado, sin embargo, intentó revelar el secreto de su bolillero de forma escrita, a través de éste mismo relato.

IFN

miércoles, 4 de febrero de 2009

Árboles en las casas

Sentado en las rocas del balneario, imagino como las olas me salpican, de onda, para sacarme el calor. Inmerso en el mismo juego, volviendo a la casa, encuentro un rancho hecho de tablas, de una de las cuáles sale un brote con un conjunto de pequeñas hojas color verde claro. Imagino que la naturaleza, de espíritu infantil, construye su árbol en la casa.

Sufrimiento detenido

Carlos hundió el caño del metálico revólver en su papada, y se miró al espejo. Se vio arruinado, inundado de desgracia, despeinado, sucio. Hacía cinco días que no salía de la casa, ni tenía contacto con ninguna otra persona, más allá de los telemarketers, que le ofrecían un momento de ilusión mientras sonaba el teléfono, y otro más largo y pesado de derrota y percepción amplificada de su soledad.

Quitó los restos de cocaína de su nariz con la parte superior de su muñeca derecha, y se sirvió otro whisky. Lo bebió de un sorbo y se arrodilló a vomitar en el water.

Cuándo hubo terminado de vomitar, con los ojos llenos de lágrimas, y la cara tinta por el esfuerzo, quiso verse morir en el espejo, quería ver como su cerebro salía por la parte superior de su cabeza, para luego incrustarse en el cielo raso, cómo una mancha centrada en el agujero producido por la bala.

Quería verlo, para sentir un último sufrimiento.

Sin embargo estimó que este paso, merecía un ceremonial, así que limpió el revolver, y lavó sus manos antes de llamar a la muerte. Luego las secó con una toalla limpia y seca.

Finalmente tomó su última línea y apoyó nuevamente el arma en su cuerpo. Luego abrió bien los ojos para ver y gatilló.

El martilló golpeó, y por un instante no pudo mantener los ojos abiertos, sin embargo el cerebro no voló. El revolver no se había disparado. Sin pensar volvió a gatillar. Lo mismo. Un clic sin muerte. Otra vez. Y otra. Y otra. Lo mismo.

La semana anterior, Carlos había ido al templo de los pastores, y el incrédulo se había cagado de risa cuándo le regalaron el jabón de la descarga.

lunes, 26 de enero de 2009

El dueño del quilombo

El Tano Carlevari es un tipo emprendedor.

A sus veintipico, el Tano puso el quilombo del pueblo, y a los pocos meses se compró la citroneta.

El Tano era un tipo respetado, y bastante querido en el pueblo, en cierta manera, el Tano ejercía un rol de protector de sus chicas, además de ser su empleador, y vivir gracias a sus lágrimas.

El quilombo creció, llegaron más chicas, un local más grande, y obviamente el confort de la citroneta pasó a ser insuficiente, así que, en menos de un año, el Tano se compró “la nave”, generando que más de cuatro vecinos del pueblo comentaran los turbios negociados en los que seguramente el Tano andaría metido.

Sin embargo, la esencia del Tano nunca cambió, siguió siendo el mismo protector, y fue justamente por eso que terminó preso.

Una madrugada, el Tano atropelló con la nave a un cliente que se portó mal.

El tipo, mamado, como de costumbre, se había ido al cuarto con Luly, pero Luly, no se llamaba así, sino que se llamaba Margarita, Luly era su nombre de fantasía, para laburar.

Ese día, al borracho Alfredo, se le había dado por saber el nombre real de Luly, así que forcejeó con ella en la habitación, le sacó la cartera, y de allí su cédula.

Margarita salió desnuda de la pieza, llorando, y atrás salió Alfredo. Cuando el Tano se enteró de los sucesos, salió del quilombo en la nave, siguió a Alfredo, y lo atropelló.

Porque cuándo se entrega el cuerpo, el sexo, y la dignidad, Margarita tenía derecho a reservarse para sí misma su identidad.

Su identidad, y los besos en la boca.