Era Franco de Acevedo Galo, mozo de lugares y hacienda, de bien habida y mucha fortuna, noble y honrado, pretendido de doncellas, y adorado de sabios y de vulgo. Su amigo, que siamés parecía, era Guillermo Roca Román, de no menos lugares y fortuna que nuestro antemencionado Franco.
Franco y Guillermo, díjose, vivían una vida sola en sus vecinas tierras. Guillermo, era también señor y amo de castillos y hacienda, por que atrujo la mirada de doncellas no contadas, al par de su par. Por ser Guillermo bien armado de paciencia y entendimiento, no eligió la enemiga de sus sueños, hasta no haberse asegurado de su grande discreción, comedimiento, y fermosura que ni sol de agosto le empatase. María de Luján Alcalá, contrajo estado con Guillermo a sus veintiuno años, por permiso de su padre, que en viendo la mucha discreción de Guillermo, no dudó de darle en casamiento.
Mas Guillermo no contentose con haber la más bella de las princesas, por precisar, pareciese, de más de una enemiga para vivir de buenas formas. La mala vida de Guillermo descubriose un último de marzo por Franco, que pronto interpeló en cara a Guillermo.
Las razones allí dichas fueron tan muchas como variopintas, por lo que no vienen al caso, como sí viene el deseo de Franco de acometelle a mojicones a su hermano por el grave desaguisado fecho. Mas no hubo allí pelea en brazos, sino en argumentos y razones.
Al otra semana, y en silencio rapaz, escribió Franco un billete para María de Luján y enviole por un mancebo de su hacienda, así rezaba el dicho:
“Fermosa y mi bien amada María:
Ya no puede soportar mi entendimiento el trato de mi amigo de otro tiempo, para vuestra merced. Llegó a mis ojos y a mis razones, que hubo Guillermo caído y no una, sino muchas veces, en tentación y en pecado. Porque pido que termínese su relación y contemple vuestra merced de posibilidades de ver el amanecer desde mi balcón en próximos momentos.
A sus pies, Franco”
Otro día de haber recibido María el billete de Franco, golpeaba la puerta del su castillo por proponelle de tener amores y criar un pequeño, comenzando luego. A lo que Franco respondiole que no podía aún tener un niño, por deber cumplir el servicio de marina el año entrante. De éste modo, y por las mismas razones, propuso María de Luján de engendrar igual el crío, y tenelle, y decille a Guillermo que él era su padre. Pedido al que accedió Franco, más por lujurioso qué por convencido de buena forma.
La relación, entonces, de Franco y María, se mantuvo secreta por durante dos meses, al cabo de los cuales, preñada María, alegre y campante contó al pueblo, del primer noble al último pastor, que habiendo dejado al infiel Guillermo por habelle puesto cuernos, era ahora esposa y madre del pequeño hijo de Franco de Acevedo Galo.
disparos de lucidez: #7
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